Reseña – “El tiempo en antropología e historia” de Héctor Díaz – Polanco.
Este libro hace un recorrido sobre la historia de la antropología y algunos de los autores que marcaron una línea en torno al pensamiento referido a los problemas de lo humano y la historia. Esta tarea, realizada por el Antropólogo Héctor Díaz Polanco, resalta la figura de siete autores: Henri de Saint-Simon, Auguste Comte, Johann Jacob Bachofen, Lewis Henry Morgan, Karl Marx, Antonio Gramsci y Walter Benjamin.
Estos autores
que inician el pensamiento antropológico, las nociones sobre lo social, las
discusiones económicas y culturales, son pioneros en la problematización sobre
la condición humana de manera más específica. Si ya Immanuel Kant escribía su
ensayo sobre antropología durante el siglo XVIII, desde Saint Simon en adelante,
la cuestión toma un cariz más acotado en el buen sentido. Este autor
corresponde a una corriente llamada “pensamiento social” cuando se observaba
como un campo mayormente ligado a la filosofía y aún no existía una separación
clara como ciencia específica. Su obra se enfocó principalmente en las
estructuras de la sociedad humana, influenciando el pensamiento de la época
atravesada por la revolución industrial de fines del siglo XVIII. Este autor
propone principalmente el concepto de una “física social” la cual permitía
comprender lo social como un movimiento casi mecánico. Este pensamiento lo
desarrolla a través de una moral que buscará el progreso mediante la
organización racional de la sociedad, proponiendo una nueva religión basada en
la ciencia, cambiando autoridades religiosas por autoridades científicas,
planteando el avance lineal de las sociedades desde una etapa teológica hacia
una sociedad positivista/industrial. Aquí aparece, más sistemáticamente, el
germen del evolucionismo social.
Quién
continuaría esta idea, pero con algunos matices sería August Comte (1798 –
1857), padre del positivismo y quien se encargaría de formular de manera más
explícita y sistematizada una teoría social científica. A diferencia de
Saint-Simon, Comte no habla de una “física social” sino, más ampliamente, de
una “ciencia de la sociedad”. Su aporte, correspondiéndose a la línea
evolucionista del autor anterior, está principalmente desarrollada en su “ley
de los tres estados” en los cuales propone: en primer lugar un “estado
teológica”, en donde el humano explica el mundo a través de figuras
mitológicas, fuerzas naturales y sobrenaturales regidoras; una segunda etapa,
superada la primera, conserva aún elementos de lo sobrenatural, pero es
explicada a través de cuestiones más abstractas reemplazando los dioses por
esencias o causas primeras, a este estado lo llamó “metafísico”, siendo una
etapa de transición entre la primera y la siguiente; A esta tercera etapa la
denominó “estado positivo” o científico, el cual al ser la forma más
desarrollada, donde el humano explica el mundo a través de la observación y la
razón, solo ciertas sociedades habrían alcanzado esta etapa en mayor o menor
medida, planteando como un deber el llevar las más atrasadas hacia las bondades
de la última. Reemplazando, la ciencia a la religión, como forma de
conocimiento. De este pensador nace la frase “Orden y Progreso” el cual emerge
de entender la “ciencia de la sociedad” como la ciencia más elevada por su
complejidad, definiendo dos campos: la estática social, la cual estudiaría a
las instituciones y el orden; y por otro lado la dinámica social, encargada de
fenómenos como el cambio y el progreso.
Por otra parte
los estudios de lo social en el ámbito de la familia, los estudios de género y
el matriarcado, empezaron a tomar mayor consideración luego que un autor, a
través de un enfoque más especulativo y filosófico, analizara en profundidad
estas categorías a través de la historia, valiéndose de textos que comentaran
las formas sociales existentes en el pasado y presente. Johann Jacob Bachofen
propone una “teoría del matriarcado primordial (Das Mutterrecht)” el
autor menciona que las sociedades más antiguas fueron primeramente matriarcales
y que luego avanzaron a ser patriarcales. Aquí es donde el derecho materno da
como resultado la matrilinealidad, lo que significa una herencia y linaje por
el lado materno. Esta etapa está imbuida de principios como la fertilidad, la
paz y la igualdad, a diferencia de la patriarcal basada en la guerra y la
jerarquía. Las etapas que componen la visión de la sociedad de Bachofen son las
siguientes: una primera hierática, en donde predomina la promiscuidad sexual y
la poligamia; la segunda es una matriarcal o ginecocrática, en donde la figura
de la mujer predomina tanto en el ámbito familiar como religioso; y finalmente
una tercera, en donde el patriarcado hace su aparición y desplaza de su
centralidad a la mujer, apareciendo figuras solares como dominantes.
Este autor uso
de ejemplos las sociedades minoica de Creta, los lycios de Asia Menor, los
mitos griegos, entre otros. Donde era una constante arquetípica la figura de la
Diosa Madre presente en culturas neolíticas. Actualmente su pensamiento ha sido
retomado desde ciertas corrientes feministas, pero se considera
sobrerrepresentado por no existir evidencia contundente desde la arqueología
que sugiera esta sucesión de etapas, aunque no niega le existencia de
matrilinealidad, incluso en sociedades actuales.
En la medida
de estos estudios, la antropología empieza a dibujarse en la historia y el
tiempo, aquí es donde uno de los autores más representativos de los origines de
la disciplina aparece en el campo de ciencias sociales con su obra. Padre de la
antropología moderna, Lewis Henry Morgan marca el inicio de una nueva forma de
comprender las sociedades primitivas siendo halagado por Engels respecto al
estudio de la estructura social que realizó en su obra “La Sociedad Antigua”
(1877), sobre todo, porque al igual que Marx, determinaría que las
sociedades primitivas eran partes de un “comunismo primitivo” que fue
corrompido por la aparición de la propiedad privada.
Morgan ofrece
al pensamiento de la época la “teoría de la evolución cultural” proponiendo,
nuevamente como los autores anteriores, tres formas de comprender las
sociedades humanas, los reconocidos estadios de salvajismo, barbarie y
civilización, esta vez identificando unas sub etapas inferior, media y superior
entre ellas. Su esquema fue el más detallado en torno al evolucionismo social
del siglo XIX, junto a él Engels buscó argumentos para decir que el patriarcado
habría surgido con la propiedad privada en su obra “El origen de la familia,
la propiedad privada y el estado”. Estudió profundamente los sistemas de
parentesco encontrando patrones que estructuraban la sociedad.
Estos autores encuentran
su razón en una etapa histórica en que debían darse razones científicas a los
procesos de colonización y creciente ocupación de territorios en donde las
sociedades que habitaban estos territorios eran inferiorizados por otras. Esta
razón colonial permitió la acumulación de capitales en el corazón de la
civilización occidental principalmente ubicados en Europa y Estados Unidos,
para luego, a través de la conformación de los Estado Nación se diera un relato
civilizatorio que justificara el asimilar o desaparecer las visiones de mundo
no eurocentradas.
Pese a esto, autores
como Karl Marx dan una visión que problematiza lo que se presenta como un
avance unilineal o teleológica, con fases fatales o irrefrenables. Hay teoría
para abordar la historia en Marx, pero no una teoría o filosofía de la historia
para ahorrar tal abordaje menciona Díaz - Polanco. Una cosa distinta es
constatar esa evolución social y otra es abordarla de manera evolucionista.
Esto quiere decir que no hay etapas necesarias que asumir dispuestas de manera
sucesiva y ascendente. Marx es claro en “el dieciocho Brumario de Luis
Bonaparte” en donde menciona:
Los hombres hacen su propia historia,
pero no la hacen a su libre arbitrio, bajo circunstancias elegidas por ellos
mismos, sino bajo aquellas circunstancias con que se encuentran directamente,
que existen y les han sido legadas por el pasado. La tradición de todas las
generaciones muertas oprime como una pesadilla el cerebro de los vivos. Y
cuando éstos aparenten dedicarse precisamente a transformarse y a transformar
las cosas, a crear algo nunca visto, en estas épocas de crisis revolucionaria
es precisamente cuando conjuran temerosos en su auxilio los espíritus del
pasado toman prestados sus nombres, sus consignas de guerra, su ropaje, para,
con este disfraz de vejez venerable y este lenguaje prestado, representar la
nueva escena de la historia universal.
Sin embargo,
durante mucho tiempo, se extendió la idea del pensamiento de Marx como una
nueva forma de evolucionismo social con una sensibilidad social mayor por su
activismo y una concepción sobre la lucha de clases en su obra. Reconocidos son
los estadios de esclavismo, feudalismo y capitalismo, pero estos no representan
la complejidad en la que Marx expone la evolución de las sociedades.
Otra cita que
ilustra esta posición repulsiva sobre los esquemas suprahistóricas es aquella
que hace mención en una misiva destinada a la redacción de la revista Otiéchestviennie
Zapiski (Anales de la Patria) en donde expresa sin rodeos lo siguiente:
Para poder enjuiciar con conocimiento
propio las bases del desarrollo de Rusia, he aprendido ruso y estudiado durante
muchos años memorias oficiales y otras publicaciones referentes a esta materia.
Y he llegado al resultado siguiente: si Rusia sigue marchando por el camino que
viene recorriendo desde 1861, desperdiciará la más hermosa ocasión que la
historia ha ofrecido jamás a un pueblo para esquivar todas las vicisitudes del
régimen capitalista.
Así es como,
más allá de explicar su teoría social, Díaz – Polanco hace una aclaración de la
crítica a la filosofía de la historia que desarrolla Marx en sus obras.
Críticas que son aclaradas mayormente en textos suyos descubiertos en 1937
póstumamente.
De este modo
el libro avanza con la visión Gramsciana de las sociedades. Incorporando
conceptos como “hegemonía cultural” o “voluntad colectiva” es que Gramsci
cuestiona aquellos marxistas que no sitúan nunca como factor máximo de la
historia los hechos económicos en bruto. Relaciona los conceptos de cultura,
poder y hegemonía, para dar una explicación poco ortodoxa del marxismo clásico.
Para el
pensador italiano una extensa serie de experiencias de clase formaría esta
voluntad colectiva que arribaría un nivel de conciencia de su propia fuerza y
el devenir árbitro de su propio destino. El libro es categórico frente a estas
nuevas visiones que trastocan la tradición evolucionista: “desde ningún esquema
de fases evolucionistas podía desaconsejarse el impulso hacia un momento
transformador.” Y continúa citando a Gramsci “¿Por qué debía esperar ese pueblo
que la historia de Inglaterra se renueve en Rusia, que en Rusia se forme una
burguesía, que se suscite la lucha de clases para que nazca la conciencia de
clase y sobrevenga finalmente la catástrofe del mundo capitalista?” En lo que
señala:
El pueblo ruso se servirá de las
experiencias capitalistas occidentales para colocarse, en breve tiempo, al
nivel de producción del mundo occidental. América del Norte está, en el sentido
capitalista, más adelantada que Inglaterra, porque en América del Norte los
aglosajones han comenzado de golpe a partir del estadio a que Inglaterra había
llegado tras una larga evolución.
Esta visión
viene a conciliar aquellas posturas objetivistas con las subjetivistas en razón
de considerar que la sociedad no avanza estáticamente de una etapa en otra y
que tampoco depende, como consideran los liberales de la época, de la voluntad
propia de los individuos.
Según Gramsci,
tomando lo pensado por Marx, la persuasión de las masas o las creencias
populares pueden operar con la misma energía que una “fuerza material”. Por
ende no es que ignore el fundamento de lo material en la superestructura, por
el contrario, es sustento de lo esencial. Sigue considerando que esto material
es el fondo y las formas, lo ideológico. Las primeras no pueden ser concebidas
históricamente sin forma y las ideologías serían fantasmas sin la fuerza
material. La intención de Gramsci es despejar el reduccionismo que ignora o
minimiza la acción consciente de los grupos sociales. Su principal foco, y en
lo que concentra sus energías, es en entender cómo ese fondo material se
expresa en la forma. Este pensador busca finalmente apartar aquellos residuos
evolucionistas que aparecen sutilmente en la obra de Marx. Aquí en su obra, son
inexistentes las etapas necesarias.
Un autor que
luego toma la teología y encuentra en ella la potencia que los descubrimientos
de Marx guardan es Walter Benjamin. Este señala “Dios está ausenta y
corresponde a las generaciones humanas la misión mesiánica en su totalidad”.
Retomando lo mencionado por Marx y reiterado por Gramsci.
Luego de
mencionar las trágicas circunstancias en que el autor se quita la vida
escapando de la purga judía de los nazis, Díaz – Polanco menciona las
innovaciones teóricas y estéticas que introduce Benjamín al pensamiento
marxista de principios del siglo XX. Señala aquí las aportaciones al concepto
de historia a través de una de sus obras más reconocidas. Tratada a través de
la alegoría de un ángel que observa hacia el pasado. Las imágenes son como el
relámpago al ahora en una constelación, no son la luz sobre el presente, sino
sobre todo lo que ha sido y que sigue siendo ahora. Sobre el concepto de
historia también introduce la “imagen que piensa” del autómata turco que
gana todas las partidas de ajedrez gracias a un enano que esconde bajo la mesa
y que es un experto en el juego. Aquí señala que “siempre debe ganar el muñeco
llamado materialismo histórico, pudiendo enfrentarse con cualquiera si toma a
la teología a su servicio, la cual es hoy enana y fea, y no debe dejarse ver en
absoluto”. Aquí Benjamín nos invita a pensar el mesianismo desde una
perspectiva histórica, en donde el futuro no existe, menciona que el futuro no
hace nada y que nuestra deuda no es con las generaciones venideras ni con el
devenir, sino con la redención de las víctimas del pasado, allí es donde habita
la verdadera fuerza transformadora dejando claro que “la concepción correcta
del tiempo histórico descansa por completo y en absoluto sobre la imagen de la
redención”. Es crítico con la visión socialdemócrata que propone el futuro como
el horizonte, debido a que deshaciendo el pasado en el discurso se corta el
talón con el cual se impulsa y sostiene la mejor de las fuerzas señalando
brevemente que nada de lo que haya acontecido se ha de dar por perdido para la
historia.
El pensamiento
de este último autor lleva la indeterminación de fases necesarias en la
historia a un punto de no retorno relacionándose con la línea inaugurada por
Marx en este texto, identificándose con su visión no teleológica, encontrándose
con Gramsci: el marxismo no es una teoría de lo inevitable o previsible, sino
una concepción abierta a la imprevisibilidad de la historia señalando que “el
capitalismo no morirá de muerte natural” y que “se puede prever sólo la lucha”
señalando al cierra del libro con la siguiente cita de Auguste Blanqui:
¡No! Nadie sabe ni detenta el secreto
del porvenir. Apenas presentimientos, excesos de vista, un vistazo fugitivo y
vago, le son posibles al más clarividente. Únicamente la Revolución, preparando
el terreno, aclarará el horizonte, alzará poco a poco los velos, abrirá los
caminos o más bien los múltiples senderos que conduzcan hacia el nuevo orden.
Los que pretender tener, en su bolsillo, el plano completo de esta tierra
desconocida, son unos insensatos.
Díaz – Polanco
a través de este libro pareciera querer encontrar, en dos puntos, las redes que
tejen el tiempo propuesto: la antropología y la historia. En los primeros
autores se perfila el desarrollo de la antropología emergente como ciencia
decimonónica que, valiéndose de los ensayos del derecho y la prehistoria, se
conforma como una manera de abordar los fenómenos históricos. Es aquí donde los
autores siguientes usan lo avanzado en esta ciencia nueva para dar sentido a
las explicaciones del avance y desarrollo que nuestra especie llevaba hasta ese
momento. Los primeros ofrecen una visión lineal histórica, donde el tiempo se
sucede como las capas del sedimento que cubren la tierra, una especie de polvo
insistente que permite observar que bajo la corteza está la piedra y luego el
magma, en donde lo humano posee etapas necesarias y que la actual es aquella
que perdura por sofisticada, por necesaria. Este relato, en la medida que
avanza el texto, se derrumba. La historia no es ya un continuo que progresa,
sino que es determinado por fuerzas que deben ser descubiertas. Aquí es donde
autores como Marx, Gramsci y Benjamin, ya al final del libro, desarman este
progreso lineal y complejizan la mirada frente a los fenómenos históricos y
antropológicos. Benjamin al ser testigo del avance del nazismo en Alemania y el
uso de la técnica para llevar la destrucción a niveles inimaginados es quién
cierra el libro a través de un lenguaje críptico, pero esperanzador, ilumina
con sombras el devenir, que más que eso es su contrario, como un buen
dialéctico, ese futuro sólo puede ser por lo que ha sido, y lo que ha sido es
lo único en donde podemos encontrar el ahora.
Comentarios
Publicar un comentario